#Matanzas: La ciudad y la muerte

 

752-fotografia-g.jpgAunque más conocida por su esplendor cultural y económico que le valieron el epíteto de Atenas de Cuba, la ciudad de Matanzas mantiene desde la génesis de su tricentenaria historia una particular relación con la muerte, con episodios en los cuales se entretejen la historicidad y la leyenda.

Desde el origen de su nombre que alude a la matanza de colonizadores españoles a manos de nativos, perpetrada en la bahía de Guanima en el año 1510 y catalogada hoy como el primer acto de rebeldía aborigen en Cuba, la localidad coquetea con la tanatología.

Especialmente el siglo XIX fue prolífico en episodios relacionados con la muerte, como una terrible epidemia de cólera, y la tristemente célebre reconcentración de Valeriano Weyler, método genocida del alto mando colonial para aislar a familias campesinas e impedir así que ayudaran a los independentistas.

Durante la época fue común la práctica de embalsamar cadáveres en Matanzas, y a tal fin se dedicaron varios establecimientos, aunque su alto precio dejaba al margen a los menos favorecidos.

En el local museo Palacio de Junco se expone el cuerpo momificado de Josefa Petronila Margarita Ponce de León (1815-1872), una habanera de principios del siglo XIX embalsamada a petición de su familia, que pagó mil pesos en oro por su traslado a Matanzas por vía marítima.

Precisamente la “momia matancera” fue hallada en el citadino cementerio San Carlos Borromeo, joya de la arquitectura y el arte funerario nacional, dotado de las únicas catacumbas aún en uso en el país.

La bendición de la necrópolis actual en 1872 coronó los esfuerzos por dotar a la ciudad de ríos y puentes de un digno camposanto, tras contar con alrededor de 14 sitios improvisados para el enterramiento, un accidentado pasaje narrado por el historiador Ercilio Vento Canosa en su libro La última morada.

Siempre de la mano de la curiosidad actúa la ciencia, y una prueba de ello la ofrece el reciente hallazgo de un documento en el Archivo Histórico local, que hace referencia a un hecho singular acontecido durante la centuria decimonónica en la urbe.

El hallazgo corresponde a un manuscrito con sello del timbre y fechado el dos de julio de 1882, dirigido al entonces Capitán General de la Isla, donde se certifican las disposiciones de un marino estadounidense a propósito de la manera de proceder con sus restos mortales.

Según refiere el documento el finado es “el norteamericano de 48 años de edad Franklin Shute, capitán del bergantín americano J. H. Lane,  surto en el puerto de Matanzas y consignado a los Sres. Zanetti y Co”.

“Que en caso de fallecimiento su cadáver fuera colocado en una pipa de ron según costumbre, y trasladado hasta el mismo lugar de residencia de su familia”, así se lee en las páginas del curioso manuscrito de la época, atesorado en esta localidad occidental, situada a unos 100 kilómetros al este de La Habana.

La carta fue suscrita por “Antonio Fernández y Ceballos, natural de Santander, del comercio y vecino del Distrito Norte, Barrio del Teatro, calle de Pavía Nº 5”, quien disponía de una casa de huéspedes, próxima al puerto citadino.

En documentos igualmente conservados en el Archivo Histórico queda también constancia del traslado del fallecido lobo de mar, acontecido el 24 de julio de 1882, tal y como refiere un reciente artículo de la prensa yumurina.

Los trabajos de restauración en la necrópolis y la siempre labor incansable de los historiadores hacen presagiar la perspectiva de nuevos descubrimientos sobre la especial relación de la ciudad neoclásica de Cuba con la muerte, esa intemporal obsesión humana. (Roberto Jesús Hernández Hernández/ACN)

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